Domingo, 25 de octubre de 2020
09.11.2010 - 16:57h. [ Comenta la noticia ]
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Análisis de North Carolina Tar Heels, adelanto de la Guía NCAA 2010/11


Presentamos un pequeño adelanto de la Guía NCAA 2010/11 que BasketMe.com está cerrando en estos momentos, y que verá la luz a finales de esta semana. El análisis de North Carolina nos sirve de telonero para el gran espectáculo que está por venir.


NORTH CAROLINA TAR HEELS

In treatment. Roy Williams ha pasado el verano trabajando con un equipo que se desmoronó de forma espectacular la pasada temporada. Un conjunto con numerosas bajas pero un núcleo joven afectado por un extraño síndrome aun por identificar. Mucho se ha hablado sobre lo sucedido el curso anterior en Chapel Hill, aunque pocas conclusiones se han sacado de un caso tan digno de estudio como complicado de entender.

North Carolina comenzaba la pasada temporada como un equipo en reconstrucción, pero sobre una base joven llena de talento. La premisa era la ya seguida cuando la generación campeona en 2005 se graduaba, hacer crecer poco a poco a la nueva generación. Aquellos Hansbrough, Lawson y Ellington fueron madurando de forma ininterrumpida, a buen ritmo, y UNC cosechaba otro campeonato nacional cuatro años después. El pasado curso era el momento de los Drew, Strickland, Zeller, McDonald, Wear y Henson. Se les colocaba en la parte noble del ranking, aun sabiendo que era un “work in progress”. Pero nadie, ni los Dukies más retorcidos y acérrimos, esperaban una temporada tan mala en Chapel Hill. Casi un borrón en tan histórico equipo.

El análisis de lo ocurrido la temporada pasada es complejo, y se llena de hipótesis, muy por encima, en número y fuerza, de los hechos. El componente mental, psicológico, del germen de los problemas es claro. Tanto desde el punto de vista grupal como del individual, una vez que se tiene acceso a la forma de ser de los jugadores. Algunos de los miembros de la plantilla han mostrado una marcada debilidad mental, en determinados casos un asunto personal trasladado a la pista. Prácticamente la totalidad de la plantilla ha pasado por algún bache durante la temporada, y la suma de todos los factores ha hecho imposible la inestabilidad. Sin base sobre la que trabajar, el edificio se cayó en pedazos. Roy Williams dejó ver una preocupante falta de confianza en los nuevos, prueba de que las grietas eran demasiado visibles ya desde el momento en que llegaron los materiales al primer día de obra.

Las derrotas ante Syracuse y Kentucky fueron dos avisos. Una demostración premonitoria (vaivenes y detalles durante el desarrollo de los encuentros), con triunfos ante Michigan State y Ohio State entre medias, de lo evidenció Texas días más tarde. El partido ante los Longhorns abrió la puerta al terror. La modesta Charleston, y su pequeño pabellón enardecido, se colaron entre los cimientos y provocaron el derrumbe. Tras aquella noche, los Tar Heels perdieron once de los siguientes catorce partidos, cerrando la temporada regular con una dolorosa paliza en casa de Duke y un nuevo tropiezo en la primera ronda del torneo de conferencia ante Georgia Tech.

Lo que vimos en el NIT fue como esa liberación de esencias y bondades ocultas por el síndrome justo después de la disolución de una gran crisis. Destellos de lo que el equipo puede ser, todavía muy taimados al estar el paciente en plena convalecencia.

Lo sucedido y sus motivos quedan como secretos de sumario en Chapel Hill. Muchos de esos secretos desconocidos incluso para los propios protagonistas. Roy Williams ha campeado una complicada post-temporada (la marcha de Thompson, Davis y Ginyard, el transfer de los hermanos Wear y, más tarde la expulsión de Will Graves por temas disciplinarios) trabajando con el grupo cuidadosamente. Momento de terapia con los sistemas tácticos y el trabajo técnico como hilo conductor. El viaje realizado a las Bahamas en Agosto parece, según cuentan, que ha sido balsámico para todos. Un momento de detenimiento, un profundo suspiro, y la mirada ya puesta en el futuro próximo.

Ese futuro próximo es la temporada 2010/11. A ella se presenta North Carolina con un equipo corto en cuanto a profundidad de rotación interior, aun bastante joven, pero cargado de talento y, por muy distintos motivos, hambriento de triunfos.

Todo grupo necesita un líder, una figura que le guie. Cuando el grupo se tambalea tanto, esa necesidad se convierte en vital. Harrison Barnes es la gran esperanza de los Tar Heels. Incluso cuando parece claro que su estancia en Chapel Hill será efímera (one and done casi asegurado), el de Iowa puede ser el golpe de timón que cambie un rumbo hasta ahora perdido. Más allá de su capacidad técnica y atlética, que ya se tratará en el apartado de scouting, lo importante es lo que Barnes, según dicen los que le conocen, representa. Un hombre tranquilo, modesto, centrado y trabajador. Sin problemas de ego ni carácter convulsivo. Un excelente jugador capaz de tirar de un equipo y tomar responsabilidad y decisiones. Barnes jugará, a priori, de tres, aunque podríamos verle actuar de cuatro ante la escasa rotación interior (sólo tres hombres interiores, realmente) del equipo. Si, además, alguno de los exteriores da un paso adelante importante, y muestra carácter y constancia, la imperiosa necesidad de mantener en pista valores seguros le podría hacer también desenvolverse como falso cuatro. Hay que tener en cuenta que la rotación Tar Heel no sólo va a depender de asuntos tácticos, sino también de rendimientos y situaciones (transitorias o proyectadas) mentales.

Seis hombres para el perímetro de Williams. Siete, si contamos a un Justin Watts, del que aun no sabemos qué uso podría hacer el entrenador. El puesto de base será fundamental. Larry Drew afronta su tercera temporada universitaria, y tiene que comenzar a hacer desaparecer las dudas que hay sobre su potencial, o de lo contrario acabar por creérselas y perderse para la causa. Drew tiene talento, pero necesita crecer mentalmente. Mirarse en el espejo de Lawson, que vivió una magnifica progresión en esa misma cancha. Debe saber arroparse por sus compañeros, y hacerles jugar al mismo tiempo. Crear en su justa medida. Mover al equipo al rápido ritmo que quiere Williams, sin perder el control tan fácilmente. Adoptar unas funciones para las que está capacitado, e ir creciendo alrededor. Si Drew consigue disminuir las pérdidas de balón (una de las grandes dolencias de North Carolina en la pista la pasada temporada), todo será mucho mejor. Cada bola que se escapaba de las manos de Drew hacía caer la pila de cartas, haciendo cada vez más difícil la tarea de reconstruir la montañita otra vez.

Dexter Strickland es la alternativa a Drew, aunque por momentos llegó a parecer que ambos podrían jugar juntos. Una posibilidad menos plausible ahora que llega Bullock, pero no descartable si en algún momento Barnes juega de cuatro y McDonald sigue sin dar señales de vida. Strickland mostró dos caras bien distintas, muy extremas según el partido (e incluso los finales de encuentro) que veíamos. La inestabilidad propia trasladada a la pista. Pieza volátil que no permite el descanso de la maquinaria. A la pareja de bases se une el recién llegado Kendall Marshall, recruit al que muchos definen como el mejor director de juego de la generación 2010. Un base de ritmos acelerados, creativo y eléctrico, que puede convertirse, quizá antes de tiempo, en la manija que este equipo necesita.

Reggie Bullock es otro recruit de altos vuelos. Una elección de nuevo basada en algo más que lo que brilla en las fichas estadísticas. Bullock llega a Chapel Hill con fama de jugador competitivo, firme y de instinto ganador. Alguien a quien buscar cuando la cosa se complica. Escolta con cuerpo de alero, físico, versátil y con gran capacidad anotadora. Junto con Barnes, el aire fresco que se necesita. Aunque conviene recordar que ambos son freshman, y tenemos todavía que ver como se adaptan al salto vivido, el status que se encuentran y las expectativas que generan. El backcourt se completa con Leslie McDonald, un escolta que llegó con la vitola de anotador consistente, completo y descarado, pero que de momento no ha mostrado nada de eso. McDonald es uno de los elementos inestables de este grupo, por lo que su evolución, ya veremos en qué términos, puede ser muy influyente.

Decíamos que la rotación interior de North Carolina es esta temporada muy corta. Y no es una expresión fácil de esas que se usan de vez en cuando. Roy Willams tiene cuatro jugadores por encima de los 6’8” de estatura, y uno es el alero Harrison Barnes. Tres piezas para 40 minutos de juego a alto nivel competitivo. Tres buenas piezas, pero ya pueden mantenerse sanas o la situación puede ser bastante complicada.

John Henson era el recruit estrella de la pasada camada Tar Heel. Un combo-forward delgado, pero de alguna manera atlético, con un talento especial, que no supo (ni/o pudo) enseñarnos hasta la recta final de la temporada. Vimos destellos de jugador distinto, con clase, inteligente. Pero sin minutos por alguna extraña (o no) razón. Daba la sensación de poder ofrecer más, pero Williams limitaba mucho sus minutos en pista. Bien es cierto que no dejaban de ser insinuaciones, y la falta de hechos tangibles no ayudaba a un equipo ligero y sin contundencia.

Henson de cuatro, Zeller de cinco. En teoría, ya que, insistimos, este conjunto ha de ser cogido con pinzas todavía. Tyler Zeller es otro jugador de gran potencial y magníficos fundamentos al que le está costando explotar. Un interior ágil, móvil y talentoso al que le falta desparpajo y contundencia. Tercera temporada en UNC, momento para dar un salto, más de mentalidad que de calidad, y convertirse en un jugador importante en la conferencia. El trío lo completa Justin Knox, transfer procedente de Alabama. Pívot limitado técnicamente, pero una auténtica bendición para un juego interior liviano tanto en número de efectivos como en músculo acumulado.

Roy Williams, entrenador, profesor y terapeuta esta temporada, tiene un reto enorme y mucho trabajo por delante. Ver como maneja a su plantilla va a ser una de las grandes historias de esta temporada. De nuevo partiendo desde la parte alta del ranking de pretemporada, por cierto. Con mucho talento en sus manos, pero multitud de fugas por cubrir o evitar. Sin tiradores puros, con una solidez mental por ver, reconstruir o confirmar (según el caso), una rotación corta y un rendimiento defensivo por recuperar tras un año de “ausencia”.

El calendario, como siempre, es exigente. Illinois, Kentucky y Texas como grandes rivales, un camino muy parecido al seguido hace un año. Con Charleston de nuevo como estación, aunque esta vez antes del gran muro. Atentos al partido de Charleston. Quizá una tontería por nuestra parte, pero seguro que los recuerdos estarán bien vivos (aunque esta vez el partido se juegue en Chapel Hill) y las implicaciones serán múltiples. En un paciente inestable, cualquier reencuentro con el pasado es importante. Lo que pase antes de la cita modulará la respuesta ofrecida en ella. Lo que ocurre en ella, dejará una marca, una inercia, que se vestirá de impulso o lastre para afrontar la parte más importante el calendario fuera de la conferencia.

Una ACC llena de rivales complicados, de piedras en el camino, Con un enemigo íntimo que luce trofeo reciente y candidatura al próximo entorchado. Comienzan los trabajos de reconstrucción en Chapel Hill. Todos atentos a la obra.


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Noticia publicada por Alejandro González

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