La Opinión
Las Historias de Sunara: La mejor temporada de la historia de Estudiantes
Iván Fernández  | 04.05.2020 - 20:50h.
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¿Cuál ha sido la mejor temporada de la historia de Estudiantes? A una pregunta tan genérica es casi imposible darle una respuesta categórica. Habrá quien se remonte a la 1961/62, con el triunfo en la Copa (94-90 en la final de Donosti) ante el Real Madrid y el posterior subcampeonato liguero. Cabría también hablar de alguna de las dos temporadas finales de los 90, con el subcampeonato de la Korac en 1999 y la Copa de 2000 (ay, aquel fallo de Chandler en el quinto del Saporta...). Pero probablemente la mayor parte acabaría decántandose por dos opciones: la 2003/04, en la que se alcanza la final ante el FC Barcelona o el mágico 1992...


Más allá del valor del subcampeonato y de arrancar con claridad dos partidos al Barcelona en la final, aquel equipo fue la sublimación de un proceso muy ligado a la etapa Vistalegre. Un pabellón denostado en su día pero donde la comunión entre publico y equipo alcanzó momentos épicos con aquellos play-off como colofón. Tumbar de manera consecutiva a Real Madrid y TAU y firmar aquel tercer y cuarto partido está sólo a la altura de muy pocos. Y todo ello pudiendo decir que acababa por ser un resultado lógico tras unos meses en los que el equipo arrollaba por momentos, en especial como local. Loncar fino como nunca, Azofra especialmente clarividente, Iturbe sembrado y en muchos momentos, en los que estos tres no estaban, un quinteto con Brewer, Jasen, Jiménez, Felipe y Patterson que protagonizaba algunos momentos defensivos y de transición como pocas veces se han visto en la ACB. Una de esas pruebas de cómo a veces surgen equipos muy por encima del valor de sus piezas a nivel individual. Sólo un lunar tuvo esa temporada en los partidos en casa: la eliminación en semifinales de la ULEB ante el Real Madrid.



Frente a ese 2004, poco hay que explicar del 92: la racha increíble del inicio de temporada, el título de Copa, la Final Four de Estambul y llevar a aquel Joventut, probablemente el mejor de la historia pese a que la Copa gorda les llegara dos años después, a un quinto en las semifinales ACB (ay, los libres de Pedro...).


En la Final Four el verdugo fue la propia Penya. Las semis de 2004 en la ULEB ante el Madrid ya referidas, y donde llovía sobre mojado pues un año antes el Estu había caído también en la semis de esa ULEB ante el Valencia (que en 2002 ya nos había eliminado en octavos). Un menos 13 en la Fonteta que se quedó a las puertas de remontar a la vuelta (llegó a estar +17 en la segunda parte). En 1991 caíamos en cuartos de la Korac ante el Joventut con amago de remontada mágica y lamentando el triple desde su propia pista de Pressley. La final de la Korac de 1999 se perdió ante el Barcelona y un año después se caía en semifinales ante Unicaja. Cuando se entró en la Final Four de la FIBA Cup el verdugo fue el Girona. Casi se podría observar un patrón en esas eliminaciones europeas: caímos ante equipos ACB. La excepción serían aquellas semis de Recopa en los 70, derrotados por Estrella Roja (dirigido por Nikolic con SimonovicSlavnic o Kapicic, que luego se llevaría el título ante el Brno de Brabenec) en 1974 y ante el ASPO Tours de Jean-Michel Sénégal en 1976. El año que yo nací y el año de las míticas remontadas en la nevera.



Si tuviera que responder con la cabeza diría el 92, por logros objetivos y por ser un año más redondo, aunque a la vez tendría que admitir que, probablemente, disfrute más en el tramo final de 2004. Ahora bien, si hubiera que quedarse con un pico de juego y un momento menos "evidente" elegiría los últimos meses de la temporada 1995/96.


Tras los rumores que hablaban meses atrás de una posible vuelta de Antúnez la postura de la afición había quedado clara con alguna pancarta de la época especialmente recordada como "Antúnez vete a Villalba" o "Queremos a Nacho, no a ese mamarracho". Y por una vez se escuchó. Quien volvió fue Nacho Azofra tras dos años en Sevilla. Volvía quizás el jugador más representativo del club en la historia moderna.


Desde su casi debut y protagonismo en la mítica remontada ante el Olimpija hasta su espléndida madurez, Azofra fue durante muchos años el verdadero termómetro de un club hecho casi a su imagen y semejanza. Con una identificación en ocasiones cercana a la mística, su genialidad levantaba sospechas entre los amantes del orden, obviando en demasiadas veces su capacidad de aguante o su notable capacidad defensiva. Con todo, siempre fue su carácter y su estilo el que marcaron esa perfecta comunión con su gente. Quizás por eso, quizás por su alergia a las concentraciones largas, Nacho nunca acabó de cuajar en la selección, siendo especialmente esquiva con él la suerte olímpica. Presente en el EuroBasket de 1993, llegado a última hora desde los Juegos del Mediterráneo, su papel allí fue de menos a más aunque acabó marcado por sus fallos en los tirosl libres de la prórroga ante la Alemania de Pesic. Su otro gran torneo sería el Mundial de Grecia en 1998, con poco protagonismo y cierto enganchón con la Federación. Pero nunca fue olímpico.



En 1992, pese a ser el año mágico del Estu y ser Azofra parte fundamental, Díaz Miguel reconoció no atreverse a llamarlo y arrepentirse después. En Sidney 2000, tras el sinsabor del 98 ni siquiera el título de Copa le valió para estar en el ajo. Cuatro años después, y ya instalado en una deliciosa madurez, Moncho López lo incluyó en su esbozo de selección para Atenas, siendo el veto de la Federación una de las cosas que acabó precipitando la dimisión del técnico gallego. Llegaría Mario Pesquera y acabaría plantándose en los Juegos con sólo dos bases: José Manuel Calderón y Jaume Comas. Sobran las palabras.


El caso de los juegos esquivos tiene otros nombres ilustres. Baste recordar a Vasily Karasev. El base ruso fue el último descarte de la CEI en los Juegos de Barcelona. Los dos años siguientes sumaba la medalla de plata en el Europeo de Alemania y el Mundial de Canadá, pero un mal EuroBasket de Atenas dejaba a Rusia fuera de los Juegos de Atlanta. Tras ellos, Karasev era parte de la Rusia que sumaba el bronce en el Europeo de Barcelona y una nueva medalla de plata en el Mundial de Atenas... pero una lesión le acababa dejando fuera de los Juegos de Sidney. O Zoran Radovic, excelente jugador, a pocos les habrá sido tan esquiva la suerte olímpica como a él. Está con Yugoslavia en el Mundial de Colombia pero se pierde la cita de 1984; vuelve para el EuroBasket 1985, está en el Mundial de España y en el Europeo de 1987; en 1988 disputa el Preolímpico pero una lesión le priva de ir a Seúl (estando además en las Universiadas de 1983 y 1987)... para volver a la selección en el EuroBasket de 1989. En 1992 acumula 120 internacionalidades con Yugoslavia cuando es convocado por Ivkovic para disputar el Preolímpico... pero las sanciones le acabarían por dejar fuera otra vez.


Sin llegar a esos extremos, y volviendo a la figura de Don Ignacio Azofra de la Cuesta, a las vicisitudes que le impidieron estar en Barcelona o Atenas, quizás Sidney fue donde más lejos estuvo, y no sólo en lo físico. Queda Atlanta 1996. Una cita para la que España no lograba plaza. Ese verano era utilizado, sin embargo, por Lolo Sainz para preparar el Europeo del año siguiente, donde iban a ejercer de anfitriones. De ahí que se diseñara una convocatoria de aire oficial y una serie de amistosos de mucho nivel. En esa selección entraba Azofra, siendo incluso clave en partidos como el disputado ante Croacia en León, donde 8 puntos consecutivos suyos sellaban el meritorio triunfo español. Una convocatoria que llegaba como premio a un tramo final de temporada tremendo... pero volvamos atrás...


A la ilusión por la vuelta del hijo pródigo en ese verano de 1995 se unía en el Estudiantes la generada por la composición de una plantilla equilibrada y ambiciosa. Con Herreros instalado en el estrellato y Orenga en plena madurez, Aisa ponía el otro punto de enganche con el 92, mientras la cantera y la apuesta por jugadores jóvenes se personalizaba en la presencia de Carlos JiménezIñaki De Miguel o Gonzalo Martínez. Todo ello aderezado con una tripleta de extranjeros de altísimo nivel: un Chandler Thompson eternamente infravalorado pero uno de los mejores aleros de Europa en ese momento, junto a una pareja de interiores sólida como muy pocas compuesta por Mikhail Mikhailov y Gary Alexander.


Por desgracia, pronto esa estructura quedaba tocada. En plena pretemporada Azofra sufría una lesión que le iba a apartar varias semanas de la competición, a lo que se unía otra, bastante más grave, de un Gonzalo Martínez que dejaba al Estudiantes con el inexperto Paco García como único base puro del equipo. Ante esa tesitura, y a petición de Pepu Hernández, el club decide ir al mercado y logra el fichaje de Keith Jennings, un jugador con cierto pedigrí NBA e indudable calidad. La llegada de Jennings obliga a dar de baja temporalmente a un extranjero, optando (al igual que en competición europea, donde sólo se permitían dos) por Alexander. No obstante, un proceso febril de Mikhailov impide la presencia del ruso en el debut liguero, por lo que Jennings debuta en casa junto a Thompson y Alexander. A la postre será el único partido del estadounidense en el club, firmando 9 puntos y 10 rebotes.



Jennings encandila por su descaro y su velocidad y el Estudiantes gana con comodidad al Joventut pese a la exhibición anotadora de un Randy White que suma 47 puntos y 60 de valoración. En la segunda jornada el Estu gana en el Palau al Barcelona, y lo hace con un triple ganador del base. Durante unas semanas el idilio es total. Jennings maravilla, se gana el sobrenombre de "conguito" y el equipo gana y disfruta. Con la vuelta de Azofra ya lista y el contrato temporal terminado, el ex jugador de los Warriors vuelve a Estados Unidos para buscar un nuevo hueco en la NBA.



Pero en un improbable giro del destino Jennings se encuentra sin ofertas claras y en menos de una semana regresa a Madrid. El Estudiantes decide prescindir de Alexander, esperanzado por el buen nivel de De Miguel en ese lapso, y firma a Jennings un contrato hasta final de curso. La euforia se dispara y Herreros y Pepu hablan de "optar a la liga".


Pero algo se tuerce. Jennings empieza a flojear en el tiro exterior, los equipos le empiezan a conocer y su rendimiento comienza a menguar. Por dentro, De Miguel crece como tercer pívot y esa experiencia acabará por ser vital en su carrera, pero en ese momento, no llega a la solidez que prometía Alexander. Llegan las derrotas, el club entra en una deriva extraña, Herreros se pierde algún partido y tal es la racha que el Estudiantes llega a la última jornada de la primera vuelta jugándose entrar en la Copa en la pista del Manresa. 99-89 y Estudiantes fuera de la Copa. Tras empezar 7-2, los del Ramiro acaban la primera vuelta con un mucho más discreto 11-8.


En Europa la cosa no va mucho mejor y el club queda fuera de la Korac en la liguilla de octavos empatado con el Sporting de Portugal y por detrás del Fenerbahçe y del Stefanel de BodirogaFuckaGentile y Tanjevic, que ese año habría de perder su tercera final consecutiva del torneo. A modo de curiosidad, el All Star trae un alegría con Jennings llevandose el concurso de triples, Thompson el de mates y Herreros el MVP del partido.


Con esas premisas, ¿cómo puedo considerar a ese Estudiantes como uno de los que más he disfrutado? Por una razón sencilla, o más bien dos, aunque relacionadas. Porque acabaría por firmar una enorme segunda vuelta y porque en ella, una vez plenamente recuperado de su lesión, Azofra firmaría unos últimos meses de temporada fantásticos. Paralelamente a la disolución de un Jennings cada vez más apagado y con algunos problemas con PepuAzofra crece y crece hasta devorar al base estadounidense, quien en el tramo final pasa a jugar en muchas ocasiones minutos casi testimoniales. Pese a eso, el liderazgo de un Azofra sembrado en la dirección e incluso ofensivo de manera directa, el Estudiantes remonta y logra finalizar en cuarta posición la liga regular. Tras ella alcanza las semifinales y lleva en ellas al Barcelona al quinto partido, tras dos victorias en el Palacio a un nivel de auténtica excelencia. Un Barcelona que llegaba siendo subcampeón de Copa y de la Copa de Europa, en ambas ocasiones eliminado al Real Madrid en semifinales y pagando en al final ciertos errores.



Dotado de unas condiciones innegables para el juego, pero indolente hasta la desesperación, Stojan Vrankovic fue el protagonista de la jugada más polémica de la historia de la Final Four cuando en un acto impensable (dada su habitual desidia), se levantaba de su caída en medio campo para correr hasta su aro y poner el tapón más famoso que se recuerde. La historia había arrancado mucho antes con el morbo en el duelo entre Maljkovic y Aito. Un duelo que parecía tener controlado el primero con su juego lento y pausado, pero a falta de unos pocos minutos y con 10 puntos abajo, García Reneses daba entrada a dos bases y conseguía cambiar el ritmo del partido. Así, a falta de unos segundos, Montero robaba el balón decisivo, se trastabillaba, rozaba los pasos y cuando dejaba la bola de la victoria en el tablero aparecía el enorme brazo de Vrankovic para hurgar más en la vieja herida culé. El tapón fue manifiestamente ilegal, pero lo más curioso del caso es que nada de aquello debería haber valido, porque en el anterior ataque los griegos habían consumido 34 segundos sin que nadie se percatara de que la bocina hubiera saltado. La indignación fue grande, e incluso la FIBA dio la razón al Barcelona... pero el trofeo voló a Atenas. Toda esa indignación tapaba cierta timidez del Barcelona en el planteamiento, entrando en el juego ultra controlado del Panathinakos, a diferencia de los dos partidos de la fase regular que el equipo culé había ganado al ateniense con cierta comodidad. ¿Hubiera sido distinta la historia de haber subido líneas antes? Yo tiendo a pensar que sí, y es que muy probablemente el Barcelona era el mejor equipo de Europa ese año.


A ese Barcelona, que luego habría de ganar la final por un claro 3-0, le forzaba cinco partidos aquel Estudiantes. El que hablaba de ganar la liga con el fichaje de Jennings y el que a mí me dejó la impresión de si no habría podido ganarla si no se le hubiera fichado de vuelta y hubiera seguido Alexander. Pese a que aquella serie cayera del lado blaugrana en buena parte por el dominio interior, es posible que ni así se hubiera podido. Pero viendo como terminó el año aquel equipo, también es más que posible que aquel cuarto puesto de la liga regular hubiera sido algo más y fuese aquel 1996 y no 2004 el de la primera final ACB.


Ando estos días, a falta de baloncesto en vivo, resucitando viejas cintas VHS y entre ellas ha aparecido alguno de los partidos de aquel tramo final liguero. La calidad de imagen es horrible, en especial en los dos primeros, pero sirvan igualmente este Estudiantes-Real Madrid de la fase regular y el tercer y cuarto partido de las semis para hacerse una idea de aquel equipo, de aquel instante.






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Artículo publicado por Iván Fernández

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