La Opinión
Las Historias de Sunara: Yugoslavia - Croacia, un What If Olímpico
Iván Fernández  | 03.02.2018 - 00:22h.
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A lo largo de la historia del baloncesto hay partidos que pasan a los anales por su belleza, su igualdad o por alguna actuación individual inolvidable. A su vez, no es menos cierto que paralelamente a esta realidad, y por encima de mediocridades o encuentros intrascendentes, hay otros partidos que quedan grabados en el alma: aquellos que no llegaron a disputarse y que entroncan directamente con lo que se viene en llamar historia contrafactual.


Género en pleno auge, ya bien sea tomado con rigor por los historiadores o como entretenimiento en la literatura ("El hombre del castillo" "El sindicato de policía Yiddish"...), el cómic (aquellos entrañable What If? de la Marvel) o en el cine ("Patria" de la HBO por ejemplo…), bien pudiera aplicarse al basket. El Yugoslavia unida-Dream Team de 1992, el Yugoslavia-URSS de 1989 o el Yugoslavia-Croacia en 1995 (aunque la final que deparó Lituania borró cualquier rastro de nostalgia). Pleno de morbo, este último enfrentamiento no habría de darse hasta el EuroBasket de Barcelona en 1997, y ya con una selección croata de pura transición a la que no habían acudido jugadores como Kukoc, Radja, Tabak, Komazec o Perasovic. Jugándose sus últimas opciones de pase a los cuartos de final, el conjunto que dirigía Petar Skansi a punto estaba de sorprender al cuadro de Obradovic, cayendo finalmente víctima de un triple final de Sasa Djordjevic de inequívoca reminiscencia al que certificaba el triunfo del Partizan en la Final Four de 1992.



Obra clave en la historia de la literatura deportiva, el libro de Juanan Hinojo "Sueños robados. El baloncesto yugoslavo" sobrevuela, entre muchas otras cosas, sobre qué hubiera pasado en los Juegos de Barcelona si una Yugoslavia unida se hubiera enfrentado al Dream Team. ¿Habríamos tenido partido? Dos años después, con el Mundial adjudicado a Belgrado... ¿hubiera sido el momento? Preguntas sin respuesta pero que llevan alentando los más diversos debates las últimas dos décadas. Pero, siendo más fieles a la convulsa historia de los Balcanes, ¿qué hubiera pasado si la Yugoslavia serbo-montenegrina no hubiera sido sancionada y hubiera podido participar en los Juegos? ¿Habría cuestionado la medalla de plata de Croacia?… Evidentemente nos encontramos ante algo imposible de demostrar, aunque vaya por delante que al menos desde esta reflexión se apuesta por el sí.


Con el escaso bagaje de los tres amistosos disputados por Yugoslavia antes de la sanción, resulta complicado definir una teoría acerca de las posibilidades reales del equipo que dirigía Dusan Ivkovic. No obstante, la trayectoria -con una base de equipo muy similar- tras la sanción (oro en los EuroBasket de 1995 y 1997 y del Mundial 1998 y plata en los Juegos de Atlanta aguantando sin Savic más de 30 minutos a USA) dibuja a una selección yugoslava hambrienta, talentosa y con unos roles muy delimitados. En contraposición a Yugoslavia, la Croacia post-92 acaba por ser una selección con un juego vistoso pero donde la ausencia de una dirección clara, ni en el banquillo ni en la pista, acaban dejando los resultados por debajo de las expectativas. El fallecimiento de Drazen Petrovic, los cambios de seleccionador o las deficientes preparaciones aparecen como alguno de los factores clave sin duda en esas ligeras decepciones en forma de bronce. ¿Fueron los únicos motivos? Parece claro que no.



Uno de los grandes riesgos al evaluar a equipos del pasado es sin duda la tentación a juzgar al conjunto por la sonoridad de los nombres, sin tener en cuenta el momento de forma en el momento analizado o la química desarrollada en su conjunto. De esta forma, no es inhabitual encontrar ejemplos de selecciones compuestas por un amplio número de grandes jugadores que a la postre no rendían como bloque frente a casos diametralmente opuestos. ¿Fue éste el caso de Croacia? Al menos si nos atenemos a 1992, la respuesta habría que dejarla en un término medio, pues si bien el cuadro ajedrezado no llegó a desarrollar todo su potencial, no cabe duda que la medalla de plata en los Juegos era lo máximo a lo que podía aspirar. Una selección nueva, colgándose la plata olímpica ante un Dream Team de otro mundo, no puede por menos que catalogarse como exitosa. Dicho eso, no es menos cierto apuntar que la medalla tapó algunas carencias.


Esa medalla de plata final se convertía en un éxito incuestionable, aunque muy bien pudiera haber tenido otro cariz de haber tenido un mayor grado de acierto en los tiros libres la selección de la CEI en las semifinales (o de haber señalado los árbitros la ya legendaria falta a Gorin). Clara dominadora del partido, la selección compuesta por las diversas repúblicas ex-soviéticas (excepto las bálticas) acabaría por suicidarse en un último minuto y medio para el olvido. Al margen de esos apuros, Croacia ya había demostrado cierta debilidad en un par de momentos muy concretos. Sin ir más lejos, los de Skansi habían debutado en el Preolímpico cayendo ante la Alemania de Svetislav Pesic (no es casual que sufrieran ante equipos de ese tipo de estructura), mientras que en la fase de Zaragoza hacían lo propio, y de manera muy clara, ante Lituania.


Al contrario que serbo/montenegrinos y croatas, el cuadro lituano sí tuvo la ocasión de celebrar sus enfrentamientos ante sus antiguos compatriotas… y de hacerlo incluso hasta en tres ocasiones. El elocuente 116-79 del Preolímpico y la victoria en el partido por el bronce hablan a las claras de la contundencia de una Lituania que, no obstante, en la fase de grupos de los Juegos pagaría muy cara una terrible segunda parte cayendo, tras imponerse por 12 puntos al descanso, ante esa misma CEI viéndose así obligada a disputar una semifinal imposible ante el Dream Team original. ¿Habría cambiado la historia de no haber mediado el excelso partido de Valery Tikhonenko? Todo se reduce a otro What if, pero el partido disputado en Zaragoza entre lituanos y croatas, más allá del claro resultado a favor de los de Garastas había dejado en el aire la imposibilidad de los balcánicos de frenar a Sabonis y Marciulionis justo en las dos posiciones más desprotegidas de su juego: la ausencia de un base y la falta de talento ofensivo en la pintura. A estas dos carencias se le unía una tercera muy significativa en la falta de profundidad de un banquillo que si bien por nombres estaba a la altura por juego acabó por dejar algunos momentos de mucha incertidumbre. A favor de la escuadra croata habría que apostillar la solvencia con la que se desempeñó en los partidos de Barcelona así como la inmensa calidad de su núcleo duro.



Con un Dino Radja a muy buen nivel, la pareja Petrovic/Kukoc completaba un trío de absoluto prestigio, pero... ¿fue realmente tan grande su impacto? Estadísticamente podría decirse que sí, pero al revisitar los partidos aparecen algunas sombras. Por un lado el alero de la Benetton muestra una intermitencia exagerada en la que alterna su habitual genialidad con momentos de absoluta desaparición en el juego. De buena relación con Drazen fuera de la pista, dentro de ella algo no acabó de cuajar en esos Juegos.


Dominador como pocos en las competiciones de clubes europeas en las que llegaría a disputar hasta 7 finales, Drazen Petrovic se encontró con dos lunares en los inicios de su carrera. Mientras que en Europa el triunfo se convertía en algo cotidiano, en el ámbito doméstico sólo una liga (la de 1985 con la Cibona) acabaría figurando en su palmarés. A su vez, a nivel de selección el triunfo el triunfo acabaría por resistírsele hasta el año 1989. En Zagreb, donde siendo justos habría que apuntar que dos años antes ya se había llevado la Universiada, y ya con la generación de Bormio, Petrovic acabaría por definir lo mejor de su juego dibujando un torneo perfecto en el que a su capacidad anotadora se le unía unos porcentajes de tiro exterior descomunales, una fluidez de juego envidiable y un sentido del colectivo inédito en él hasta entonces. Un año después, en Argentina, llegaría el oro mundial con un gran Drazen... pero con un mejor Kukoc. El de Split era elegido mejor jugador del torneo, condición que revalida un año más tarde en el Europeo de Roma ya sin el de Sibenik. De aquella última Yugoslavia campeona habría cuatro representantes en la Croacia olímpica... por 7 en la Yugoslavia que no llega a competir de Ivkovic. El pulso entre Drazen y Kukoc, meramente deportivo, cae del lado de un Petrovic que ejerce de base en muchas fases del juego y amasa buena parte de la ofensiva croata. Es un Drazen que viene de su mejor temporada en la NBA pero que deriva en una versión FIBA distinta a la ochentera. Mantiene su pulsión anotadora y gana como tirador tras bloqueos pero, a cambio, su nueva fortaleza física le lleva a desbordar muchísimo menos en el 1x1. Con Radja espléndido, el resto de la selección apenas despunta de la mano de un Komazec magnifico. El resto muy en el papel de especialistas: Alanovic subiendo la bola, Perasovic o Cvjeticanin abiertos para algún tiro abierto y por dentro los Vrankovic, Tabak o Arapovic en funciones de rebote, defensa o desgaste. En definitiva, Croacia acaba siendo un equipo brillante por momentos y suficientemente sólido en otros. Un conjunto con individualidades excelsas pero algo corto. Suficiente para la apurada plata, pero... ¿habría bastado para imponerse a la Yugoslavia de Ivkovic? Complicado, aunque el factor emocional habría sido muy importante el rigor parecía estar en el otro lado.


¿Qué Yugoslavia se hubiera visto en Barcelona de no mediar las sanciones de la ONU? De nuevo la especulación es el principal aliado. Aquel grupo sólo llega a disputar un par de amistosos con sendas victorias (98-89 ante Francia y 82-57 ante Grecia). Un año después, y sin nombre, cosecharán otras dos victorias ante el mismo cuadro heleno, y ya en su vuelta en 1995 se colgarían el oro. ¿Era la Yugoslavia del 92 del nivel de la del 95? Quien esto escribe se inclina a pensar que era ligeramente mejor. Con nombres muy similares pero, en general, en un mejor momento de carrera, más continuidad como selección aunque quizás con menos afán de reivindicación.



Por lo demás, aquella Yugoslavia serbo-montenegrina tenía buena parte de su fortaleza quizás en el punto más débil de Croacia: la dirección de partido. Con Ivkovic completando su ciclo, los plavi contaban con hasta tres bases de garantias: un Djordjevic apenas unos meses después de su triple en Estambul y que ya había cerrado su herida con la selección el verano anterior; un Sretenovic oro a su vez en Roma 1991, triple campeón de Europa con la Jugoplastika y el perfecto director para aquel equipo (como ya señalábamos en nuestra anterior Historia sobre Zoran Sretenovic) y Zoran Radovic. Excelente jugador, a pocos les habrá sido tan esquiva la suerte olímpica como a él: está con Yugoslavia en el Mundial de Colombia pero se pierde la cita de 1984, vuelve para el EuroBasket 1985, está en el Mundial de España y en el Europeo de 1987. En 1988 disputa el Preolímpico pero una lesión le priva de ir a Seúl... para volver a la selección en el EuroBasket de 1989. Cuando es convocado en 1992 acumula 120 internacionalidades con Yugoslavia... pero las sanciones le acabarían por dejar fuera otra vez. De paso por la NCAA (Wichita State) a su experiencia, Radovic sumaba unas condiciones atléticas sobresalientes para su época.


En las alas, la gran referencia quedaba en manos de Sasa Danilovic. Como Djordjevic, Danilovic llegaba como campeón de Europa, a lo que habría que sumar que en la temporada siguiente a esos Juegos su Knorr de Bolonia le arrebataba la LEGA a la Benetton de Kukoc venciendo en la final por 3-0 y con el propio Predrag defendiendo sobresalientemente al de Split. Junto a Danilovic, aquella Yugoslavia de 1992, de espíritu más coral cabe recordar, presentaba a un Prelevic al fin internacional y que en ese momento pasaba por ser uno de los mejores escoltas del continente. Anotador incansable y competidor brutal, sus finales europeas entre el 91 y el 98 son un ejemplo de fiabilidad rara vez visto en el baloncesto europeo... a lo que habría que añadir su papel ante Drazen en las semifinales de 1987. Con Paspalj en su mejor momento, el gran Slobodan Jankovic o Radenko Dobras, en ese momento un jugador ya por encima de Cvjeticanin por ejemplo pese a tener menos nombre, completaban una línea de aleros en la que ya sacaba la cabeza Dejan Bodiroga. Un Bodiroga cuyos duelos con Kukoc en esa siguiente temporada ya fueron notables. Por dentro la gran referencia quedaba en manos de Vlade Divac. Junto al de los Lakers, Savic apuntaba a ser el otro punto de apoyo, y con Paspalj dando alivios en el cuatro en el banquillo quedaban otros dos recientes campeones de Europa como Koprivica y Stevanovic... siendo quizás este el puesto menos glamouroso de aquella Yugoslavia.


En definitiva, al margen de todo lo de que ya de por sí rodeaba al hipotético duelo, aquel Croacia-Yugoslavia hubiera sido el encuentro perfecto entre dos estilos muy diversos. El resultado es imposible conocerlo, pero, vistas las trayectorias ulteriores y los equilibrios presentes en ese momento, la apuesta de esta esquina es que el orden y el colectivo yugoslavo se hubiera impuesto a la genialidad croata.



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Artículo publicado por Iván Fernández

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